SEPARADOS… NADA PODEÍS HACER
Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, este lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer (Juan 15.5)
Para Javier Fuentes
El reino de los cielos si bien no es una declaración de igualdad, es una declaración de unidad, de interdependencia. En Abraham aprendemos que, efectivamente, hay gradaciones e individualidad:
“Hay dos espíritus, y uno es más inteligente que el otro; habrá otro más inteligente que ellos” (Abraham 3:19)
Pero las inteligencias, los espíritus, son citados a continuación en colectivo, señalando, además, en las líneas siguientes, que el Señor es el mayor de todos y que habita “en medio de todos ellos”; estableciendo la dependencia con él.
Este orden de dependencia con la deidad y de co-dependencia entre los santos se establece a través del orden sacerdotal. El sacerdocio tiene siempre un carácter vicario, no solo como apoderado del otro, sino como mediador. El sacerdote otorga el don que el receptor no puede recibir por si mismo, siendo Jesús el gran sumo sacerdote, mediador de todo y vicario de todos. ( 1 de Pedro 2;5, 9, Hebreos 10).
Nada se puede hacer de forma independiente de Cristo y el requiere de la unidad y la interdependencia de los santos para establecer su reino.
Por el contrario, el modelo alterno es signo de rebelión y de soberbia. La aspiración a elevarnos por nuestros propios méritos, poderes y fuerza de voluntad, es contrario al plan de Dios.
En Isaías 14:13-15 leemos lo siguiente:
“Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono, y en el monte del testimonio me sentaré”
Esta es la doctrina del aspiracionismo y es sinónimo de rebelión. El proclamante, de modo singular declara poder subir al cielo sin más mérito que el de él mismo. Yo subiré, yo solo puedo, yo soy autosuficiente para hacerlo son contrarios al proceso establecido para ascender a los cielos y para tal, el resultado es siempre el mismo: “Mas tú derribado eres hasta el Seol, a los lados del abismo.” Todo intento individualista, autosuficiente conduce a los infiernos.
¿Pero quienes son los proponentes de tales ideas? Isaías mismo nos da una pista:
¡Cómo paró el opresor, cómo acabó la ciudad codiciosa de oro! Quebrantó Jehová el báculo de los impíos, el cetro de los señores. (Isaías 14:4-5)
Isaías usa los términos opresor, codicioso e impío para referirse a los predicadores del individualismo autosuficiente. Contrario a la ciudad codiciosa e impía, Babilonia, se contrapone otra ciudad:
Y el Señor llamó Sion a su pueblo, porque eran uno en corazón y voluntad, y vivían en rectitud; y no había pobres entre ellos. (Moisés 7:18).
El primer distintivo de Sion es que eran UNO, no individuos a la manera de Babilonia, no aspiracionistas, no de los que quieren tomar el cielo por asalto, sino uno. La pobreza no se puede desarraigar de forma individual sino solo participando de un pueblo unido que transforma en conjunto sus condiciones de existencia. Y a dicho pueblo se le hace la misma promesa ya mencionada en Abraham: “He allí mi morada para siempre.”
El Señor mismo señala más adelante a Enoc las causas por las que el resto de la humanidad fracasa en sus proyectos sociales y económicos:
a tus hermanos he dicho, y también he dado mandamiento, que se amen el uno al otro, y que me prefieran a mí, su Padre, mas he aquí, no tienen afecto y aborrecen su propia sangre (Moisés 7:33)
El individualismo es otra forma de decir egoísmo, es falta de afecto, y por tanto falta de empatía por el otro, es aborrecer a los nuestros.
Los predicadores del individualismo a menudo actúan como los discípulos: ¿quién pecó, este o sus padres? (Juan 9.2) ¿Por qué es pobre, por su culpa o por culpa de sus padres? Sin nunca cuestionarse el funcionamiento del sistema-mundo.
La doctrina de la autosuficiencia invalida el reconocimiento de nuestra propia condición, tal y como declarara el rey Benjamín:
“¿no somos todos mendigos? ¿No dependemos todos…? (Mosíah 4:19)
Y a continuación agrega:
¡...debéis entonces impartiros el uno al otro de vuestros bienes!
Y esos bienes, incluyen los bienes de producción. Cuando estos no son compartidos, no importa cuanto intentes disminuir la pobreza, cuánto del resto de tus otros bienes compartas o cuantas fundaciones caritativas implementes, si los bienes de producción no son compartidos, sino de unos pocos, siempre tendrás funcionando a la fábrica de pobres.
En esta época, el Señor ha reiterado los mismos principios de unidad y de compartir los bienes tal y como lo señala en la sección 38 de Doctrina y Convenios, declarando además:
Y para vuestra salvación os doy un mandamiento, porque he escuchado vuestras oraciones, y los pobres se han quejado delante de mí, y a los ricos yo los hice, y toda carne es mía, y no hago acepción de personas. … y estime cada hombre a su hermano como a sí mismo,… Sed uno; y si no sois uno, no sois míos…. y atenderán a los pobres y a los necesitados, y les suministrarán auxilio a fin de que no sufran;
A fin de que no sufran, no una atención momentánea, pasajera o hasta la inscripción en un curso de superación personal.
Es por ello, que la autosuficiencia es incompatible con la doctrina revelada al profeta José Smith para el establecimiento de su reino en estos días. Es incompatible, porque es individualista, haciendo recaer en el pobre y el necesitado la carga.
La pobreza es como la condena de Sísifo. El pobre tratará, aplicando la falsa doctrina de la autosuficiencia, de empujar solo la gran roca hasta la colina, para darse cuenta al final, de que debe de volver a intentarlo al día siguiente. Pero la culpa no está en él, sino en los dioses del dinero y sus acólitos. Cada curso de autosuficiencia es volver a poner a empujar de nuevo la roca.
La doctrina de la autosuficiencia refuerza entre los santos el falso concepto de que “el pobre lo es porque quiere” y olvida que en las escrituras el Señor señala como causantes de la pobreza a los tiranos, a los poderosos que acumulan riquezas, a los egoístas y a quienes señalan con el dedo del escarnio: “El hombre ha traído sobre sí su miseria; por tanto, detendré mi mano y no le daré de mi alimento, ni le impartiré de mis bienes para evitar que padezca, porque sus castigos son justos. (Mosíah 4:17) para seguidamente, proclamar ayes a tales sujetos.
Si bien, el Señor rechaza a los que no quieren trabajar y los condena:
“¡Ay de vosotros los pobres, cuyos corazones no están quebrantados, cuyos espíritus no son contritos y cuyos vientres no están satisfechos; cuyas manos no se abstienen de echarse sobre los bienes ajenos; cuyos ojos están llenos de codicia; que no queréis trabajar con vuestras propias manos! (D y C 56:17)
Los condena por su inconversión. Pero si leemos detenidamente forma un conjunto dialéctico con el versículo anterior. Por ende, ¿No es esta definición de pobre la definición de un capitalista? Son ellos, mayormente los que nunca están satisfechos, los que siempre aspiran a mayor acumulación; los que inician guerras y cualquier tipo de violencia para apoderarse de los bienes ajenos, para destruir cualquier forma de colectividad. Son ellos, los mayormente codiciosos, y efectivamente, los que habiéndose apropiado de los medios de producción no trabajan, sino viven de la explotación y del trabajo de otros. Tales no pueden pertenecer a Sion.
El Señor no reveló un plan de autosuficiencia, reveló, desde el principio un plan de felicidad basado en la unidad, en ser unos entre nosotros y con Cristo, la vid verdadera, como pámpanos que solo podemos dar buenos frutos unidos. Quienes sigan el plan de autosuficiencia deberán cuestionarse sino están siguiendo la ruta que conduce a Babilonia y no a Sion. Si tal es el caso aun es tiempo de arrepentirnos y volver el corazón a Dios y a nuestro prójimo.
Juan Javier Reta Némiga
Primavera 2026
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